El reconocido agrónomo colombiano Jairo Restrepo pasó por Córdoba, brindó una conferencia sobre el agropetróleo y presentó su último libro: «Mierda a la carta». Es una de las principales voces referentes de la agricultura regenerativa.

Jairo Restrepo dejó sembradas ideas revolucionarias para repensar la agricultura desde un paradigma orgánico, hacia la producción de alimentos sanos y la reducción de los daños que genera el modelo industrial sobre el medio ambiente.

Con una implacable lucidez, un humor ácido y un profundo amor por la tierra, el agrónomo colombiano nos fue llevando por un recorrido acompañado de imágenes donde la alarma y la urgencia planetaria no permiten más dilaciones ni excusas: “Nos quedan cincuenta cosechas” antes de que las sequías, las inundaciones, la contaminación y la desertificación acaben con la producción de alimentos para la humanidad.

Ante un auditorio que llenó la biofábrica Sayri-Gaia de Agua de Oro, más de 400 personas se acercaron dispuestas a escuchar a una de las principales voces referentes de la agricultura regenerativa. Restrepo disertó durante casi cuatro horas y nada resultó ajeno en un paneo que recorrió la situación mundial, agravada por la crisis climática, la guerra, la pandemia y las consecuencias nocivas del complejo agroindustrial dominante.

Después de mostrar como la industria bélica asociada al desarrollo de químicos y maquinarias se trasplantó al terreno de la agricultura, produciendo un éxodo campesino y de pueblos originarios, saturando los campos de agrotóxicos y generando inmensas ganancias a los grandes grupos concentrados de la economía global, Restrepo fue detallando diversos proyectos en América Latina, África y Europa donde la transición hacia una agricultura orgánica viene propiciando mejores cosechas, trabajo saludable y consumo consciente.

La propuesta no significa sustituir alguna etapa del proceso industrial en el agro, sino cambiar radicalmente el paradigma generando beneficios económicos a los campesinos, bienestar a los consumidores y finalmente un impacto positivo sobre el medio ambiente.

La apuesta va desde lo micro a la macro, por eso desconfía de los gobiernos bajo el dominio del mercado y de los proyectos magnánimos regenteados por organismos internacionales y grandes empresarios, como fue la fracasada Revolución Verde que Bill Gates promovió en África y cuyo saldo ha sido negativo por donde se lo mire. También recela de los procesos de certificación sobre la agricultura orgánica que encarecen los alimentos generando un consumo elitista e instalan una centralidad burocrática que excluye a muchas experiencias novedosas y necesarias.

La trayectoria académica y en los territorios que tiene este ingeniero agrónomo lo ubica como una de las voces más autorizadas para desnudar las miserias del agronegocio y postular una salida colectiva desde el suelo. Con más de una decena de libros publicados, en esta ocasión presentó “Mierda a la carta” su última creación, que insiste en recuperar los elementos básicos de la agricultura ancestral: “Con agua y mierda no hay cosecha que se pierda”.

Luego de la charla y una extensa ronda de preguntas, Jairo nos convidó un poco de su tiempo para una entrevista.

Sobre la naturaleza de estos encuentros que realiza por todo el mundo para comunicar la esencia de la agricultura orgánica frente al monopolio de las corporaciones agroindustriales, que cuentan con muchos canales y medios de información, expresó:

«Hacemos un trabajo de comunicación. Bien diferente a lo que hace la industria que es un trabajo de información. Nosotros consideramos e incluimos al otro. Ellos oprimen y excluyen la participación. Comunicamos y construimos en conjunto y esa es la posibilidad de transformar la sociedad. La información no libera, somete. La comunicación libera».

Entre tantas otras cosas, la pandemia reconfiguró las experiencias vitales, sobre todo en las ciudades confinadas y despertó el deseo de millones de ciudadanos de abandonar sus casas y trabajos en busca del contacto con la naturaleza y formas más amables de convivencia.

«Mucha gente se sintió inútil, aislada, vacía. Se dieron cuenta que no eran lo que pensaban que eran. Muchos se dieron cuenta que no habitaban con su familia, que no compartían, que estaban alienados en las relaciones sociales. Se dieron cuenta que la vida es otra cosa, y eso lleva a comprender que estás negado en la sociedad, y es tan así que desde allí se desprende la violencia y esa violencia se expresó muy cruelmente en el ámbito intrafamiliar.

Es muy temprano para ver en que va a terminar esto. Debemos retomar la capacidad de reflexión que hemos perdido. Y esa capacidad tiene que ver con la lectura, el estudio, la tertulia, conversar, profundizar. Hay una erosión del conocimiento, pero sobre todo de construir conocimiento mediante la intercomunicación. La tecnología es una herramienta que utilizan para silenciar tu capacidad de pensar. Te apaga cada vez más y delegás cada vez más en ella. Hoy saboreamos y disfrutamos menos. Y consumimos más, un consumo de descarte, tenemos una velocidad de descartar tremenda, y eso nos hace esclavos. Si no eres capaz de comprar lo que te imponen te hacen sentir infeliz. Tú quieres tener lo que el otro tiene. Y es una agonía. Eso lleva a endeudarte material y emocionalmente. Y eso te distrae constantemente».

– La guerra entre Rusia y Ucrania volvió a resurgir el fantasma del hambre, de la crisis de alimentos.

«Es una distracción. Al contrario, yo saco un provecho de ese conflicto porque nos muestra que tan vulnerable es haber delegado la producción de alimentos en los insumos. Es un alerta, realmente dependemos de eso. ¿Qué crisis? Yo no la tengo, porque yo no trabajo con el petróleo.

A nosotros nos retroalimenta, porque somos respuesta para esa crisis que tienen otras personas por haber dependido de insumos que vienen del petróleo que se agota. Esa crisis que provoca la guerra nos reafirma que estamos por el camino correcto porque la agricultura orgánica no está en crisis. Los que están en crisis son los que se enredaron en las falsas expectativas de la agricultura dependiente del petróleo.

Yo le tengo miedo a este proceso, porque mucha gente quiere creer que la salvación es la agricultura orgánica. Pero no es la salvación a ese modelo de la crisis de insumos. La agricultura orgánica no es la sustitución de insumos. Es un nuevo enfoque de la vida. Si más adelante se acaba el conflicto ellos van a volver a lo mismo. Ese cambio es una prostitución del ser humano que delegó la producción en los insumos petroleros».

– Aquí en Córdoba y en Argentina los incendios han acabado con muchos ecosistemas en las sierras y en los humedales del Paraná ¿La agricultura orgánica y regenerativa puede servir para recuperar las tierras que han sido arrasadas por estos incendios?

«Nosotros no tenemos solución a todos los problemas creados por una sociedad voraz. Eso es una consecuencia. No hay que ir a ver como apagamos el incendio, hay que ver cuáles son las condiciones que generaron que el incendio exista. Es una consecuencia de los comportamientos. Infelizmente a los impactos los paga la sociedad y los lucros se los lleva quien no está ahí, que es él que nos somete. Quién provocó esos costos sociales muy altos es un colectivo muy concentrado, un capital internacional».

– Ese poder destructivo tiene mucha imaginación, mucha capacidad para distraernos de lo realmente importante.

«Sí, es la imaginación en función de la destrucción y el poder destructivo es enorme. Todo eso es inminente. Yo le invito a la gente a disfrutar intensamente, con generosidad, con transparencia y ver que está a su alcance a hacer.

Creo que las grandes transformaciones están en función de las pequeñas que tú hagas a nivel local. Todo está en sinfonía. Todo es ecosistémico. El eco porque la casa es única y porque una voz alimenta a las otras. Las cosas no se pierden en el espacio. Las cosas tienen su espacio, que es diferente.

El sueño es ver la capacidad de recuperación que tenga la juventud para ser rebelde. La mayor castración que existe hoy es tener jóvenes que hayan perdido la capacidad de ser rebeldes. Cuando uno cree que las cosas pueden ser posibles, no hay límites para la entrega. Creo que es posible una rebeldía con jóvenes. Porque tengo hijos y sueño, tengo nietas y sueño».

– En un mundo donde la comida es un objeto de consumo, realities, programas de tv, recetas por internet, gourmets, fast-food, comer se parece cada vez más a consumir una mercancía más. ¿Cuál es la relación entre comer y pensar?

«A eso la industria lo tiene muy claro. Cada vez tu alimento te llena más y te nutre menos. No todo lo que te llena, te nutre. Hoy estamos llenos de cosas vacías, no nutritivas. Y eso es el pensamiento de hoy, el reflejo de una alimentación. Hemos perdido la capacidad sensorial de elegir alimentos, repudiamos alimentos sin haberlos probado. Hemos perdido las sensaciones, ya no tienes la curiosidad por la experimentación, quieres fluir hacia la certeza, y la certeza tú no la defines, te la construye otro».

El auditorio sigue reverberando con voces que no quieren dejar de replicar estos mensajes de esperanza. Jairo Restrepo sigue conversando, sigue encendiendo luces, sigue la utopía.

 

 

 

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